Me gusta mucho Bitacorae, la aplicación que se utiliza en Bitacoras.com, pero está claro que el edificio está abandonado, que los servidores no dan más de sí y que la mitad de las veces no se puede entrar. Así que a pesar de la pereza que me da mover el diseño a otro sitio (por tercera vez, que empecé en Miarroba), al final lo he hecho. Espero veros a todos allí: estáis invitados. Ah, y actualidad vuestros enlaces.
En estos días de fiestas he estado haciendo un vídeo casero para la canción «El año pasado», aprovechando que tenía por aquí la película en la que está basada («El año pasado en Marienbad» de Alain Resnais, muy bonita y tremendamente original, pero que no es recomendable para los que van al cine a comer palomitas sin pensar) y unas imágenes de los conciertos que dimos.
Y además me viene muy bien para desearos que el año que viene sea mejor que el año pasado. ¡Feliz 2007!
Hace tiempo empecé a escribir un texto sobre unas canciones que me habían acompañado en cierta etapa de mi vida, texto que no acabé porque empecé a contar cosas sobre mí que no quiero contar aquí. El caso es que una de esas canciones era era «Little Miss S», de una de esas pelirrojas que tanto me gustan, Edie Brickell, acompañada de sus nuevos bohemios, y buscando información sobre el disco en el que está contenida, en Amazon encontré una crítica que afirmaba que es el inicio del pop indie y que es para gente que le gusta la «mellow music». El diccionario dice que «mellow» significa dulce, suave, apacible, tranquilo, pero también maduro o añejo aplicado a la fruta y al vino. Me gustó la expresión —incluso hice una lista en YouTube con ese nombre— porque en cierto modo refleja cómo es la música que más me interesa en los últimos tiempos: dulce, suave, tranquila y madura.
Por ejemplo, hace unas semanas cuando estuve jugando con el MySpace para reformar las página de Marienbad me encontré con Cira y yo, un grupo que tiene canciones así, como «Sin más» o «Un muchacho espacial», aunque la que más me llamó la atención, «Komando» no es tan tranquila; de hecho, acabé dando saltos por toda la casa... Lo que es justo lo contrario de tranquilidad, pero bueno, como dicen 091, «el sentido de mi vida es la contradicción».
Recomiendo vivamente que os paséis por su blog y os bajéis las canciones que permiten descargar. Es pop sin apellidos que se basa en hacer buenas canciones.
Otro ejemplo de «mellow music» que me ha cautivado últimamente es Kings of Convenience, un dúo de noruegos con unas voces espléndidas que con un par de guitarras, unas buenas armonías y unas letras entre tiernas e irónicas hacen canciones que me atrapan. Sobre todo cuando estoy como hoy, cansado, y necesito algo suave para arroparme, «mellow music».
Hoy voy a salir un poco más del anonimato, pero es por una buena causa: la publicidad. Bueno, dicho así, no suena tan buena causa...
Mejor empecemos de nuevo...
Hoy voy a salir un poco más del anonimato, pero es por una buena causa: la verdad, toda la verdad. Quiero hablar de «Vidas Paralelas», unos de esos discos que han ocupado ese lugar reservado a los favoritos por extrañas razones húmedas, pero creo que no es justo hablar de él sin hacer un full disclosure: es el disco del grupo en el que empecé a tocar la guitarra hace un par de meses.
Ese grupo se llama Marienbad y resultó ganador, junto con Alto Volto, del concurso de maquetas que organizan Los 40 y el Instituto Asturiano de la Juventud. Como premio del concurso grabaron este verano «Vida paralelas». Cuando llegó el momento de presentarlo en directo, decidieron que necesitaban otro guitarrista para completar la formación de trío (Ismael, a la voz y la guitarra; Scattini, al bajo; y Seve, a la batería) y trasladar mejor el sonido de la grabación a los conciertos. Seve, que es uno de mis amigos de toda la vida, me lo comentó un domingo mientras tomábamos el vermut (puro rock'n'roll) y medio en broma me propuso que hiciera una prueba. Yo no tenía ni guitarra eléctrica, pero últimamente me encuentro en un estado en el que me lanzo a cualquier piscina, así que hice la prueba. Y así acabé en el grupo.
Me pasaron una copia del master del disco para que sacase las canciones y desde entonces es el CD que escucho casi todas las noches. Pero no por aprenderme los temas, que ya me sé desde hace mucho, ni tampoco por ser el grupo en el que toco; sino porque realmente disfruto con las canciones.
Como todos los lectores habituales de este blog saben, a mí lo que más me gusta de la música es la letra, y en las letras de Ismael he encontrado esos trozos de vida que tanto me gustan, costumbrismo hecho canción pop, y ahora cada poco acuden a mi cabeza alguna de sus frases, como lo hacen las de Quique González, Julio Bustamante o Bob Dylan.
Y es que las letras capturan lo que expone la última frase de la primera canción del disco, «Cápsula del tiempo»: «La vida era esto». Sólo dura un minuto doce segundos, demasiado poco según mis estándares, y así todo hay días que me quedo enganchado y no paro de repetir la primera estrofa.
Y la vida de gente como nosotros no consiste en sexo, drogas y rock'n'roll, ni en amores almibarados de bolero, ni en consignas gritadas de canción protesta... Es algo mucho más sencillo. Y no por ello menos importante. Es, por ejemplo, lo que muestra «Menos mal»: cómo se agradece cuando llega el verano llega a una ciudad del norte y da gusto pasearse por el centro. O, en la otra cara de la moneda, lo que cuenta «Spleen», que
no hay antídoto para el domingo por la tarde,
no hay fármaco ni vicio inconfesable que pueda evitar
esta tristeza inexplicable
de ser domingo por la tarde...
O esa estrofa de «E.T.» que empiezo a cantar sin darme cuenta cuando voy en bici al trabajo: «Si fuera yo E.T. y tu Drew Barrymore / saldríamos volando en bicicleta». Es imposible no dibujar una sonrisa.
Precisamente con esta canción me ha pasado lo de que aparezcan frases suyas en mi cabeza, en este caso leyendo mis blogs favoritos. Me pasó con Burdon, que habló un día de John Wayne en «Río Bravo» y yo recordé la segunda estrofa:
si fuera yo John Waynne y esto el Río Bravo
saldríamos a tiros, picando espuelas;
También recordé la canción cuando Vega cuando habló de ser Hércules o Poirot, como en otra estrofa:
si fuera yo Poirot y tú mi buen amigo Hastings
haríamos un mutis de esta novela
Pero me pasó primero con Cristina, que tiene por ahí una foto en Abbey Road y me recordó a «Londres», esa canción de rima consonante que mezcla el humor y la tristeza:
y unas gafas de pasta negra,
tan chic como los Beatles en el paso de cebra
de Abbey Road (seguro que ya has ido allí sin mí).
Y es que en todas las canciones encuentro versos para recordar. Por ejemplo, esta estrofa de «Nunca te»:
Oye, ten cuidado,
aún tenemos muchas cosas que hacer:
amarnos, pintar la casa,
comprar los muebles o llegar a fin de mes.
Me gusta esa enumeración que, por decirlo de alguna manera, pone al amor en su sitio, que no es en un lejano pedestal hecho de idealismo, sino entre las cosas verdaderas, cercanas pero importantes.
Ismael tiene facilidad para hacer letras. A mí me intrigaba mucho al principio «El año pasado», que completa la historia del nombre del grupo: salió de la película «El año pasado en Marienbad», de Resnais, y Marienbad es el nombre de una ciudad checa; pero Ismael hizo la canción después de tener el nombre del grupo; de hecho, es una de las compuestas tras ganar el concurso. Y me asombra cómo encontró una melodía tan buena y una letra tan misteriosa:
El año pasado en Marienbad
dices que te encontré,
es como si no hubiera nadie
que sepa más de mí que tú.
Pero al mismo tiempo la letra cuenta la historia de la película. Y de todas esas referencias, en lugar de salir algo pedante, sale una canción pegadiza.
La música también me gusta y complementa muy bien las letras. Por ejemplo, nunca había pensado que el lampedusiano «hay que cambiarlo todo para que nada cambie» podría sonar tan cañero. Y las guitarras de «Todo» tienen ese sonido gordo de los mejores tiempos de AC/DC, probablemente porque como las de Malcolm Young, salen de una Gretsch.
El caso es que el disco ya está publicado y, en teoría, en las tiendas; pero somos ya perros viejos y sabemos cómo son estas cosas: un disco publicado por una pequeña compañía asturiana (Santo Grial) no va a llegar muy lejos, simplemente porque casi nadie va a tener la oportunidad de escucharlo. Como dice otra canción, «Paciencia», en otra frase que podría convertirse en refrán, «ganar o perder no es lo mismo si no hay nadie para verlo»; por eso he decidido darle publicidad aquí, porque, como las canciones de Julio Bustamante que tanto me apasionan y tan pocos conocen, quiero que el máximo número de personas tengan la oportunidad de conocerlo, porque creo que puede haber otra gente que lo disfrute como yo, como oyente, sin que influya que ahora toque en el grupo.
El disco merece la pena comprarlo porque viene acompañado de unos dibujos de Edgar Plans que complementan perfectamente las canciones, pero también se puede conseguir por otros medios más inmediatos (si tenéis bien instalado el eMule, el enlace anterior debería iniciar la descarga). Además, se pueden escuchar algunas canciones en la la página del grupo.
Ahora mismo estamos presentándolo. Empezamos haciendo de teloneros para Lori Meyers en el Albéniz dentro del programa del Festival de Cine de Gijón. Hoy martes tocamos en la Sala Tribeca de Oviedo junto con Alto Volto a las 10 de la noche con entrada libre y el sábado 9 en la Fnac de Parque Principado a las 7, aunque este último todavía no está confirmado 8, ya confirmado. Por supuesto, cuanto menos solos estemos mejor :-)
Fue el mismo día en el que asistí al estreno de «Y todo lo demás también», el mismo día en el que vi el histórico concierto de Quique González, Iván Ferreiro, Pereza y Xoel, el mismo día en el que le di una copia del libro de acordes de sus canciones a Quique, el mismo día en el que tuve el privilegio de asistir a una jam session de músicos impresionantes que demostraron que ellos no están en esto por la fama o por la pasta: están porque viven para tocar... Un día con muchas historias que contar.
No sé si las contaré. Pero lo que no puedo callarme es que esa noche canté en el escenario con Quique. La gente que estaba en la sala probablemente tampoco lo pueda olvidar, pero por motivos distintos a los míos... ;-)
Que conste que yo creí que subía a tocar, pero también querían tocar Jacob y Pereira y ya no había más instrumentos, así que Quique casi me obligó a que cantase. Yo decidí que si estaba allí arriba era para pasármelo bien y grité todo lo que pude. Nunca «Hotel Los Ángeles» sonó tan mal. Ni Leiva ni Xoel lo pudieron arreglar... Y yo sigo asombrado de que me hayan dejado estar allí toda la canción con un micro en la mano junto a ellos...
Versión extendida
Bueno, pues voy a contar un poco más, con fotos y con enlaces a YouTube, para que no haya quejas.
Capítulo I: El documental
La cosa empezó con el documental, y empezó tarde: los músicos, que asistieron como invitados, se retrasaron un cuarto de hora. El documental cuenta cómo fue el Laboratorio Ñ. Iván Ferreiro es el que más habla, y a veces dice cosas interesantes y a veces desbarra demasiado. Quique, en su línea, habla poco. Xoel, al que no conocía de nada, me sorprendió: sus palabras me parecieron las más acertadas, transmitían una forma de entender la música, de estar absorbido por ella, que resonaba con la que hay dentro de mí. Hubo un momento en el que se ponía a hablar de los discos de Vinicius y Toquinho en la Fusa y me pareció que era una de las conversaciones que he tenido yo alguna vez (aquí ya conté una vez mi predilección por ese disco). Mientras lo contaba, además, se ponía a tocar las canciones y era como oír a Toquinho. ¿Y esa canción que empezaba diciendo «Quiero ser Caetano Veloso»? ¿Cuántas veces habré pensado exactamente eso? Mucha gente cree que soy un fan exagerado de Quique González porque tengo una página sólo con sus acordes, pero también he echado muchas, muchas horas sacando los de Veloso...
Aparecen también brevemente Rubén y Leiva de Pereza. Tenía ciertos prejuicios contra ellos: sólo los había visto una vez en una entrevista y me parecieron bastante gilipollas. Sin embargo, en la película se mostraban como unos tíos simpáticos que compartían la misma pasión por la música que todos los demás. Uno de los momentos más intensos del documental es cuando se les cae el techo mientras están grabando y se les ve, empapados, ayudando con baldes a achicar el agua.
No había mucha historia en el documental. Simplemente contaban cómo se montó el asunto, movido básicamente por Iván y Quique, y mostraba cómo se iban enseñando canciones unos a otros y cómo compartían la música. Esas escenas de Quique mostrándole unos acordes a Xoel, ambos armados con dos acústicas, me recordaron a esas tardes que pasamos Dani y yo intercambiando y compartiendo canciones...
La primera escena de la película, que se repetía al final, mostraba a Ferreiro diciendo algo así como: «Para entender una canción no hay que saber nada de la vida del artista. La canción te tiene que decir algo a ti, el que la escucha, tiene que sacar algo de ti, y si no, si no sale de ti, no vale de nada.» Tal vez esa fue la reflexión que quiso dejar el director al final: no se trata de escarbar en la intimidad de los intérpretes o los compositores.
Musicalmente destacan las tres canciones que compuso Quique, con letras Bukowskianas (si se puede decir así) y arreglos oscuros, minimalistas y poco convencionales. Como no conozco la obra del resto de músicos, no me quedó claro si las canciones suyas que sonaban también las habían hecho allí, excepto una de Iván que cuenta toda su génesis: como la escribió en diez minutos pero llevaba varios meses con unos acordes que al final cuajaron una noche en Buenos Aires.
Además de los ya mencionados, destacan los músicos que no son cabeza de cartel pero que son igual de importantes: Juan de Dios, teclista de Xoel (entre los dos hacen un divertida parodia de los intérpretes de inglés); Amaro Ferreiro, el hermano de Iván; Karlos Arancegui, el batería; y Jacob, siempre acertado con el bajo, y que tiene una escena en medio de una grabación donde se le ve dirigir un poco al grupo, dando ánimos, de una manera que me gustó mucho. Hay poca presencia argentina: básicamente, que yo recuerde, Pablo Guerra. También aparece brevemente Juan Aguirre, de Amaral, que parece que no se entera mucho pero mete una guitarras muy originales a una versión del «Vidas cruzadas» de Quique. Javier Pedreira creo recordar que no aparece, tal vez porque la película sólo cuenta los primeros días de la experiencia.
En resumen, un documental muy interesante para los que nos interesan los entresijos de la música sin glamour y sin falsos tópicos vacíos de sexo, drogas y rock'n'roll.
Fue una experiencia curiosa compartir la proyección con los músicos protagonistas y ver cuándo se reían de sí mismos. Se marcharon en los títulos de crédito, lo que me impidió a mí ver algunas cosas en las que estaba interesado.
Capítulo II: El concierto
Llegamos sólo 5 minutos tarde al concierto (hay que cenar, aparcar y esas cosas), pero los músicos no tuvieron la deferencia de esperar por nosotros como nosotros esperamos por ellos en la película. Lógico, claro :-)
Cuando entramos debían de estar acabando Iván Ferreiro y Lisandro Aristimuño la versión de «Vidas cruzadas» que se puede ver aquí. Luego se subió Quique para compartir una canción con Lisandro, en lo que fue la tónica de la noche: un continuo subir y bajar de músicos. Aquello no era el típico concierto en el que cada uno toca sus temas, era más bien una fiesta, casi una orgía.
Es imposible recordarlo todo. Tal vez puedan hacerlo alguno de los que lo grabaron: a veces mirabas hacia adelante y veías un montón de cámaras a la vez grabando, y no sólo cámaras de móvil, sino incluso cámaras MiniDV. Este usuario de YouTube ha subido unas cuantas canciones, entre ellas el mejor momento de la noche para mí: «Avería y redención», una canción que ya es un clásico del repertorio de Quique sin siquiera haberlo sacado en disco.
Hubo versiones de los Beatles, los Who («My Generation»), los Kinks («You Really Got Me»), Alaska y Dinarama («Perlas ensangrentadas», genial) y, por supuesto y como gran final, el «Y todo lo demás también» de Calamaro. También hubo canciones conocidas de Quique, Iván, Pereza y Xoel. Quique fue quizás el que más se ciñó al espíritu del Laboratorio Ñ, presentando las tres canciones que compuso allí. Además de «Avería y redención», destaca «Estoy calado»: «Las camareras sueñan con llenar los cines...».
Habría muchas anécdotas que recordar del concierto... Por ejemplo, Quique ayudándose de un atril para cantar una canción de Iván Ferreiro y diciendo: «Es la primera vez que utilizo un atril; no es que no me la sepa, es para asegurar», e Iván diciendo, «No, si queda bien, parece que tiene una partitura o algo así»; o Quique diciendo «Se me han olvidado las gafas de leer, pero he traído las gafas de rock», y sacando sus gafas de aviador... O el final escanciando sidra en el escenario. No me extraña que luego hubiera esos momentos de exaltación de la amistad que proporciona el licor de la tierra...
Hubo sus fallos, momentos en los que no tenían muy claro quién cantaba, pero eran compensados por el buen rollo que se respiraba. Me sorprendieron Pereza: cuando salieron a tocar, supieron acercar al público todavía más al escenario. Me recordaron unas frases de Keith Richards que leí hace poco, algo así como: «Mick knows how to work to an audience»; ellos también lo saben, como demuestra este «Algo para cantar». Y también saben tocar y cantar: me parecieron muy buenas sus armonías vocales y, Rubén, como dice mi colega Dani, es «rock'n'roll», y Leiva demostró que puede tocar la guitarra, la batería y el bajo; sólo esto último no me gustó mucho cómo lo hacía: para ese puesto prefiero a Jacob, que estuvo gran parte de la noche ahí, moviéndose en su esquina como un púgil calentando...
Xoel salió bastante avanzada la fiesta, porque tenía 39 de fiebre, y creo que hizo casi todo versiones. Aún así todo demostró que es un monstruo tocando la guitarra y cantando. También participó Pablo Guerra, Juan de Dios, Karlos Arancegui y Javier Pedreira.
El sonido no fue malo, pero era mejorable: en especial la voz a veces estaba altísima. En cualquier caso, teniendo en cuenta que esto era al menos diez veces más complicado que un concierto normal, con un continuo cambio de músicos, instrumentos, cantantes en los micros... fue muy bueno. El público agotó las entradas, aunque no se estaba nada apretado y daba la sensación de que cabían unos cuantos cientos de personas más. Eso sí, calor hubo mucho. El juego de luces también me gustó. En cualquier caso, dejaros de leer estas chorradas y ved este medley (o popurrí en su versión castiza) que se marcaron: sólo por haber visto ese «Sabor salado» de Los Ronaldos mereció la pena.
Me parece que el concierto duró algo más de dos horas. Luego, tras algunas dificultades, conseguimos pasar al backstage. Allí Quique nos atendió amable como siempre. Me hizo gracia que me repitiera varias veces: «Sé quien eres», imagino que queriendo decir que me reconocía de otros conciertos y no intentando amenazarme... ;-) Le di una copia impresa del libro de los acordes y me abrumó con su agradecimiento. Tengo que decir que a pesar de que he visto a Quique unas cuantas veces (tendría que echar cuentas, pero más de 6) sólo había hablado con él una vez, precisamente para pedirle permiso para hacer una página con sus acordes: aunque me gusta mucho su música, no tengo especial interés en hablar con él después de un concierto; me parece una situación forzada y, de hecho, me encontré bastante fuera de lugar en varias ocasiones, sin saber qué decir porque yo no sé conversar en esas situaciones, y eso que todo el mundo en el backstage fue muy amable, desde Pedreira a Leiva y Rubén (que confirmaron que son muy majos y nada chulos), pasando por Jacob, que no dejaba de decirnos que cogiésemos algo de la nevera y no se quedó contento hasta que fue él mismo a buscarlo... para descubrir que ya no quedaba nada de alcohol :-)
Capítulo III: La jam
Después del concierto fuimos hasta Oviedo a llevar a hacer un servicio de transporte y, a la vuelta, decidimos pasarnos por el Savoy, donde Dani, que les había dicho que fueran por allí (Jacob dijo que ya lo conocía), intuía que iban a estar. Allí nos encontramos con una jam session que era como la continuación del concierto pero más caótica. Hubo momentos de agobio, para qué lo voy a negar, pero sirvió para comprobar una vez más que toda esa gente no está en la música por la pasta o por la fama, sino porque no pueden evitar despegarse de un instrumento; el que sea, como certificó por ejemplo Juan de Dios, habitualmente teclista, tocando el bajo, la batería e incluso cantando en uno de los mejores momentos de la noche: el «Highway to Hell» al estilo Bon Scott. Xoel también tocó guitarra, bajo y cantó, demostrando que 39º de fiebre no son nada. Leiva aporreó la batería y hasta hizo reparaciones de pedal de bombo sobre la marcha...
Y allí ocurrió ese momento en el que Quique me llamó para subir al escenario que ya he contado más arriba. Aquí va una foto del histórico momento:
Obviamente, el que menos pinta de rock'n'roll tiene y que no es ni Quique González ni Leiva soy yo :-) Y aunque no tengo pinta, cuando me subo a un escenario tampoco tengo vergüenza, la perdí en un rock'n'roll...
Epílogo: Hablando solo
Poco después, a las 5 de la mañana y cuando todavía seguía la fiesta, me tuve que ir: tenía que levantarme como muy tarde a las 7 y media... Y, claro, llegué a casa con tal subidón de adrenalina que era imposible dormirme. En mi cabeza no dejaba de sonar esa frase de una de las canciones nuevas de Quique: «Mañana no estaréis aquí», y me decía que él la canta a las chicas del rock'n'roll, pero que es igual de aplicable a los músicos, que se van y nos dejan tan solos como ellos a nosotros.
Y ahora sólo queda una cosa que nos une a los que se van y a los que nos quedamos: un poco de música.
Uno rápido: Acabo de estar en el concierto de Michel Camilo y Tomatito. Unos monstruos. Increíble que tocasen todo eso de memoria. Y tan rápido: a mí casi se me escapan las notas al escucharlas y ellos son capaces de tocarlas. Hubiese agradecido un poco más de tranquilidad. Me gustó más Michel Camino que Tomatito; este último a veces me pareció que tocaba en exceso guarro: sonaban trasteos y arrastres. A veces me parecía que no acababan de empastar del todo. Quedé un poco empachado de tanta nota. El público agotó las entradas del Jovellanos y aplaudió con ganas.
Ah, y era todo instrumental. Casi no presentaron las canciones y yo no las conocía, aunque algún fragmento instrumental me sonaba, pero no era capaz de reconocer de qué canción. Habrá que escuchar los discos...
La conocí una noche, hace ya más de diez años. Hasta aquel momento, para mí los boleros eran esa parte de la música cubana hecha para empalagar, una noñería para mujeres de romanticismo de novela rosa... Y ella lo cambió todo en ese encuentro.
Fue en Trópico Utópico donde conocí a Omara Portuondo. Tenía sólo un acompañante, pero qué acompañante: Chucho Valdés. Ahora es más famoso su padre, Bebo, pero yo lo había visto poco antes en la Semana Negra tocando con su histórico grupo, Irakere, y había quedado cautivado por la fuerza de aquel negro descomunal: era la personificación de la musicalidad, el son, el jazz y la música clásica conjurados en sus dedos como si el piano fuese un instrumento inventado para él.
Aquella noche me quedé a escuchar los boleros porque estaba él. Y así la conocí a ella. Era un tipo de bolero muy especial: filin. Ya lo había escuchado en aquel concierto de la Semana Negra en el piano de Chucho, y me había cautivado, pero creía que porque no lo acompañaba la voz con sus letras melosas que me disparan la diabetes. ¡Qué equivocado estaba...! Cuando empezó a cantar Omara las letras dejaron de tener importancia: la voz llegaba directamente al alma, al hondo cielo, más allá de las palabras.
Por ahí entré al bolero y ahí caí cautivado por Omara. Por eso cuando hace unos años vino a Gijón, no me lo perdí.
Fue una noche de verano, en el Naútico. Llovía. Mucho. Estaba allí, solo, bajo el paraguas, dudando de si saldrían a tocar. Y salieron. Y lo dieron todo. Y no paró de llover. Y las pocas personas que estábamos allí bailamos bajo los paraguas, metiendo nuestros zapatos en los charcos como niños pequeños, disfrutando del regalo de escuchar música sólo reservada a los dioses. Fue otro concierto inolvidable.
Hace unos días iba en bici y vi el cartel: Omara Portuondo con la sección de cuerdas de la Orquesta Sinfónica de Gijon. Supe que perderlo era pecado. No me equivocaba: el miércoles pasado estuve en el cielo.
Me sorprendí cuando empezó: el volumen estaba bajísimo. Pero escuchar los violines, las violas, los chelos y el contrabajo acompañando a una orquesta de esos músicos cubanos espectaculares, que tocan como si fuese lo más fácil del mundo, era una gozada. Más tarde supimos que, curiosamente, el director musical era un brasileño. Tal vez por eso el grupo se presentó con una excelente versión instrumental de «Manha de Carnaval», una de esas melodías que pertenecen al canon de las obras clásicas.
A la segunda canción Omara, a la que se le notan los años de experiencia, hizo participar al público en una versión de «Guantanamera». Pero hubo otros grandes clásicos: el «20 años» de María Teresa Vera que ya bordó en «Buena Vista Social Club», el «Tiene sabor» de Beny Moré, el «Lágrimas negras» del Trío Matamoros, el «Contigo aprendí» que consiguió emocionarme tanto como la versión sólo con guitarra de Caetano Veloso... También tuvo un detalle con la ciudad, haciendo, sólo acompañada por el piano, un sorprendente «Gijón del alma», canción hortera donde las haya que en su voz tomó una profundidad y una clase que nunca ha tenido. Y más compositores clásicos: de César Portillo de la Luz (el de «Contigo en la distancia») hizo una canción dedicada a la Habana y, en los últimos tramos del concierto, recordó a María Grever, compositora de la que dicen que es la canción más interpretada de todos los tiempos, «Bésame mucho». Sí, no hubo composiciones originales, pero hubo belleza a raudales, una belleza efímera e irrepetible.
Yo sonreía en mi butaca mientras miraba a los músicos de la sección de cuerda que, cuando no tocaban, estaban disfrutando del concierto con la misma expresión de placer y sorpresa del resto del público. Ah, la violonchelista bailando... Omara podía ser perfectamente la abuela de aquellos jóvenes y los trató así, con ese cariño que sólo tienen las abuelas.
Yo sonreía en mi butaca y pensaba que su voz es como uno de esos tesoros que los humanos roban a los dioses del Olimpo en las tragedias griegas. A veces susurraba, a veces inundaba, para volver a tenderse con la misma suavidad de las caricias de los amantes. Sí, es una voz tocada por la gracia divina, de la misma estirpe que la de Billie Holliday, Janis Joplin o Carmen Linares. Pocas veces en un vida se tiene la suerte de ser acariciado así.
***
Dejo aquí un vídeo del principio de «Buena Vista Social Club» en el que Omara canta «Silencio» con Ibrahim Ferrer. Lo mejor es el final de la canción:
Interpretación frente a composición (The Stones Addedum)
~ Jueves, 02 de noviembre de 2006 ~
Tengo a medio escribir un texto sobre el concierto mágico que dio ayer Omara Portuondo, pero no estoy con ánimo de escribir mucho y, en cambio, sí quiero dejar constancia de que Mick y Keith se han metido por medio de las reflexiones sobre interpretación frente a composición que nos traemos estos días.
En mi absurdo vicio de leer sobre música que no escucho, estoy leyendo «According to The Rolling Stones». En el capítulo que me acompaña en el autobús estos días se encuentran esta declaraciones:
Keith: One thing I can never thank Andrew Oldham enough for —it was more important to the Stones than anything, and probably his main achievement— was that he turned Mick and me into songwriters. It would never have occrurred to me to try unless he had forced it on us, brutally speaking. [...]
Mick: [...] If you say to me, "I've got this girl, she sings like this, and can you write me a ballad about some starlight at 100 beats a minute", then I know exactly what I'm going to do. So Keith and I got into the groove of writing those kind of tunes; they were done in ten minutes. [...]
Keith: [...] because at the beginning songwriting was something we were going to do in order to say to Andrew, "Well, at least we gave it a try, you can't do everything". But in a short space of time, writing became at least equally as important as playing. I thank Andrew for that, because the minute you start to write about things, it turns you into another person. You start, without realising it, to observe things in a different way, and you begin to look at life as little vignettes for ideas. You end up with a much more sharpened set of receptors.
Pero también mantego la teoría de que todo lector medio educado es un autor y ve la vida con ojos de escritor.
Interpretar es sagrado, es arte puro. Hay géneros íntegros fundamentados en la interpretación, hablo del flamenco, del jazz, de los folclores tradicionales... de toda la música. Sin la interpretación, ¡jamás habríamos escuchado a Bach!
Andrés Calamaro Especial Efe Eme 2006-09-23
Este especial de Efe Eme sobre Andrés Calamaro es una joya: algo más que un número especial de una revista, a pesar del formato, es un libro, que no puede perderse nadie que admire al argentino. Ya lo he dicho más veces, pero hay que volver a repetirlo: Efe Eme es una revista hecha por gente que ama la música para los que amamos la música.
Y, como todas las cosas buenas, de una obra nace otra obra, y yo no puedo dejar de escribir a cuenta de las palabras citadas de Calamaro sobre la interpretación. Hace años yo creía que los buenos músicos hacían canciones originales y que las versiones eran sólo un apaño para cuando les fallaba la inspiración. Por eso valoraba mucho que en los grupos en los que estaba hubiese canciones originales, y los grupos de versiones me parecía que estaban en un escalón inferior. Hoy ya no pienso así. Hoy creo que sólo debes componer canciones si tienes la necesidad imperiosa de hacerlas, si hay una melodía que se impone en tu cabeza y quiere volar a otros oídos, si tienes unas letras que necesitas que alguien escuche. Pero si no las tienes y aún así tienes la pasión de comunicar a través de la música, no pasa nada. Interpretar —cuando no se trata de imitar— es componer.
Creo que la iluminación me llegó precisamente cuando me metí en un cuarteto de jazz. Fue la primera vez (aparte de algún concierto ad hoc) en la que todo el repertorio de un grupo en el que tocaba estaba hecho de canciones de otros. Justo hoy, antes de leer las palabras de Calamaro, estuve escuchando algo que grabamos entonces y quedé sorprendido: me llegó el aliento de aquella noche en un bar cuando improvisábamos sobre el «I Got Rythm» de Gershwin y creábamos una música que nunca había sido escucha antes exactamente así, que nunca volvimos a hacer igual.
El jazz me echó a perder. Luego empecé con el grupo de bossas, tangos y boleros y, aunque había algunos que querían hacer canciones nuevas, yo ya prefería interpretar esas que tanto amaba, haciéndolo a nuestra manera.
Y esto lo digo ahora que he vuelto a escribir canciones. La verdadera sabiduría suma, sabe que igual que los antiguos dijeron que no había nada nuevo bajo el sol, afirmaron que nunca te puedes bañar de nuevo en el mismo río. La diferencia no está en lo nuevo y lo viejo, sino entre lo bueno y lo malo. Lo bueno siempre es nuevo, y cuando sale del corazón vivo de una persona, no de lo que otros esperan, de lo que se supone que debe hacer, ni de sus caprichos o su deseo de gloria, el arte siempre es bueno.
Postscriptum: El texto anterior lo escribí cuando estaba leyendo el especial de Calamaro de la Efe Eme, en concreto el 23 de septiembre. Un par de semanas después un amigo me ofreció tocar la guitarra en su grupo, grupo que, casualmente, sólo hace una versión, el resto son composiciones originales. Y a mí me gustan mucho, por cierto: es el disco que más he escuchado últimamente y no porque tenga que aprenderme las canciones.
Pues sí, fuimos a Salamanca a ver Quique González, Ariel Rot y Andrés Calamaro. Hay tantas cosas que contar que no sé cómo, y si sigo esperando a que se me ocurra el cómo se me olvida el qué. Solución: hacer una lista.
El GPS no funcionó y acabamos haciendo 200 km de carretera nacional, de Benavente a Salamanca pasando por Zamora. No fue grave: D. iba pinchando una selección perfecta de temas de los protagonistas de la noche y seres adyacentes. Por ejemplo, el nuevo disco de Fito y los Fitipaldis, con la presencia tan marcada de Carlos Raya. Una pena que haya tantos instrumentales. Pero hablaremos más de Fito.
Tras escapar finalmente del atasco monumental de la monumental ciudad de Salmanca, llegamos al supuesto lugar del concierto y descubrimos que no es allí: esto nos pasa por no consultar foros. Preguntando se llega a cualquier sitio, hasta al Multiusos, aunque más que preguntando, se llega andando... a paso de marcha porque ya eran más de las nueve. Pero yo no estaba nervioso: pronostiqué que iban a empezar nada más que entrásemos y casi fue así; bajamos y mientras esperábamos en la barra para pedir algo, se apagaron las luces. Nos quedamos con sed.
Aquello no estaba lleno pero había mucha gente. Nos metimos al centro como unos maleducados tardones: es más difícil llegar a la hora cuando vienes desde 400 km de distancia. Tuvimos al menos la decencia de dejar pasar delante a las chicas a las que al principio tapábamos cuando nos aposentamos.
Y salió la Ray Band: Tony Jurado, Jacob, Javier Pedreira y Quique González, sin teclista, para anunciar irónicamente el destino: «Suave es la noche» sonó con una caña brutal que fue la tónica de todo el concierto. Breve, sobre los tres cuarto de hora, y casi sin tiempo para canciones pausadas. Nada de Quique en solitario. Fue una especie de selección de la parte más eléctrica del concierto que vi en Gijón, para mí sonando mejor: tanto la voz de Quique como la guitarra de Pedreira se oían muy bien. La pena fue el bajo: era una nube haciendo una nota constante por ahí arriba, entre el andamiaje del pabellón.
Se fueron pronto, pero no parecieron uno de esos teloneros que molestan: mucha gente coreó sus canciones y se veía que había mucho fan de Quique entre el respetable. ¿Llegará Quique alguna vez a adquirir ese carácter mítico y a la vez masivo al que ha llegado Calamaro? Lo dudo, porque no le veo componiendo un «Sin documentos», pero espero en cualquier caso que no pase por la fase de desfase con las drogas de Andrés.
Y otra vez a esperar mientras un ejército de pipas cambia el escenario. Quique solo con uno, el mismo tipo de tucos que en Gijón, y los ex-Rodríguez tenían tantos que hasta había una mujer como roadie, primera vez que lo veo.
¿Salimos a pedir algo? ¿Y si empieza? ¿Y cómo volvemos ahora aquí?... Pues no, no salimos.
Los que salieron fueron ellos, Calamaro y Ariel, arrancando con el rock'n'roll del «Canal 69», una de las canciones que había sonado antes en el coche, la número 8 del «Disco Pirata» que fue el que me hizo descubrir a Los Rodríguez en 1992 y que he tocado tantas veces, por encima y a pelo.
Tocaron un par de Ariel en solitario y me sorprendió que la gente las corease tanto como el resto. A mí nunca me ha convencido: no me gusta su voz ni su forma de entonar, y tampoco me acaban de convencer sus letras, con la rima demasiado presente, vicio en el que también incurre Andrés, pero a este lo salva algo, tal vez el desgarro del corazón, tal vez su garganta con arena.
Me hizo gracia lo de la presentación de la banda. Andrés dice algo así como: «Ariel es uno de los pocos rockeros que leen libros». La gente empieza a corear «Ariel, Ariel» y no hay manera de que pare. Andrés dice entonces: «Si aplauden tanto a alguien sólo por que lea un libro, qué dirán de uno que lo ha escrito» y presentó al batería, cuyo nombre he olvidado, y habló de su libro, cuyo título he ídem. Me pasa con todos los anuncios de Teledienda: me acuerdo de Chuck Norris pero me olvido de lo que anuncia ;-) (Por cierto, no sé si sabéis que Chuck Norris tiene un disco con más canciones que «El salmón», y además lo consiguió sin drogas ;-))
En la banda también estaba un guitarrista que ya había visto acompañando a Antonio Vega, un teclista que, según mis fuentes de información, era el de Los Ronaldos, y un bajista cuyo nombre no he olvidado: Candy Avello, porque ya estaba en aquel «Disco pirata».
Me fijé en su bajo: un Fender con los bordes desgastados en el que ponía «C.B.G.B.», el nombre de aquel histórico local de Nueva York. Al día siguiente estaba viendo el vídeo del single de Fito y al fijarme en el bajista, de repente me suena el bajo: ¡es Candy! Pero todavía hablaremos más de Fito...
Es curioso: Calamaro no interpretó ninguna canción de su último disco, «Tinta roja». Ciertamente, no era una noche de tango, aunque yo hubiese agradecido una «Milonga del trovador».
Cuando sonaba «Te quiero igual» me pregunté: «¿Cuánta gente sabrá que lo de "te quiero me dejaste el vestido y te llevaste el amor" es una referencia a Fito Páez?». Un día habría que empezar un sitio dedicado a hacer exégesis de canciones.
El tiempo pasa, nos vamos poniendo viejos: Cada vez me gustan menos los conciertos de rock. Hay una cita apócrifa de Ted Nugent que dice: "Si crees que está muy alto, eres demasiado viejo". Lo siento, pero no lo aguanto: todos los músicos estaban tocando magistralmente, Ariel lo bordaba, Calamaro parecía muy bien de voz... pero allí había demasiado jaleo. Prefiero un disco. Sí, no hay comunión ni cantos con miles de personas como en una misa masiva, pero se escucha la música porque la puedes poner a un volumen razonable. Ir a un concierto de rock es una mezcla de karaoke con recuerdos y con una radio mal sintonizada. Lo sentí más que nunca porque cuando tocaban una canción que no conocía (pocas, pero hubo alguna) no podía apreciar nada, y cuando tocaban algo que conocía lo que escuchaba era el recuerdo que tengo en mi cabeza de haberlo escuchado, cuando no canto yo o el del al lado y ya no se oye a los músicos, a pesar del volumen brutal. Como decían Barón Rojo, «inexorablemente / la gente de ciencia / piensa que es un ataque / contra la convivencia». Y yo soy de ciencias de toda la vida. Aunque ame las letras.
Por ejemplo, tocaron mi canción favorita de Los Rodríguez: «Engánchate conmigo». ¿Cuántas veces he escuchado esa interpretación, aquel "Buenos Aires con los Rodríguez", el "Dale rollo, mi vida"...? Y el solo de Ariel que llevo años intentando sacar nota por nota. Pues en directo me gustó menos: el solo fue ligeramente distinto, Andrés no dijo eso y, sobre todo, faltó la coda. Sé que es ridículo quejarse de esto, que el directo tiene cosas que los discos nunca tendrán, pero eso fue lo que sentí. Le dije a mi corazón: «No cometas el crimen, varón», pero mi corazón tiene la costumbre de no escucharme y sentir lo que le sale de los cojones.
Acabaron con «Paloma». Pensar que no estaba en la selección que hice de «Honestidad brutal»... No me gustaba el sonido guarrísimo de la guitarra ni los ripios. Claro, después de que Quique empezase a incluirla al final de «Pequeño Rock'n'Roll» decidí rescatarla. Curiosamente se ha convertido en una de las canciones más conocidas de Andrés. Hablaremos más de ella.
Llamaron a Quique para que subiese a cantarla, pero Quique no aparecía. ¿Dónde estaría metido? ¿No había visto los carteles que había por toda Salamanca de "No te metas"?
Vale, chiste fácil sobre las drogas. Frivolización inmoral. Y no, no me gusta ser frívolo ni cínico, y no tengo claro si Quique se movía como se movía porque iba puesto o porque es su forma de bailar. Pienso esto: que si yo tuviese la oportunidad de subir a cantar con Calamaro y Ariel, no me movería raro, directamente levitaría. Sin drogas.
Y se encendieron las luces y la masa fuimos saliendo poco a poco por unas largas rampas. Ah, no lo dije, pero me parece que aquello estuvo muy cerca de llenarse. Me gustaría saber cuánta gente había.
Entonces fuimos hasta el coche, nos acercamos al centro, nos volvimos a alejar para poder aparcar, cogimos una guitarra y nos fuimos a la zona de copas. Fue lo más divertido: ir pidiéndole a la gente que pasaba que escogiera un grupo que le gustase y cantarles unas canciones. Los primeros que se quedaron un rato fue un grupo de punks. Cuando la saqué en la prehistoria, nunca supuse que un día me podría ver en medio de un montón de jovenzuelos gritando «Me gusta ser una zorra». Y luego el flaco que cantaba «19 días y 500 noches». Pero al preguntar, me llamó la atención que uno de los nombres que más se repetía era el de Fito. Menos mal que D. se sabía «Rojitas las orejas». Hoy he estado mirando yo algunas y me he acordado de que ya las saqué hace tiempo, pero no se me quedan porque, por un lado, no lo he escuchado mucho y, por otro, son todas tan parecidas... Pero sin duda el gran éxito de la noche fue «Paloma». Hay gente que es capaz de saberse esa letra que a mí ya no me entra.
Y casi a las 7 de la mañana al albergue, y a las 11 arriba. Un pincho de tortilla y un café de desayuno fue lo único que me metí en el cuerpo, y llevaba desde el mediodía del viernes sin haber comido más que un donuts a mitad de camino, y la vuelta a Gijón, esta vez ya por autopista, pero volvimos por Pajares, acompañados —porque la batería del MP3 de D. se agotó— por esas cintas de antes que llevaba yo.
El sacrificio mereció la pena. Más que por el concierto en sí, por la amistad.