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Escritos sobre música

Razones húmedas

~ Miércoles, 19 de enero de 2005 ~

Escrito el 11 de junio de 2001



¿Por qué algunos discos, de repente, se convierten en visitantes asiduos de mi cadena? ¿Por qué, día tras día, durante meses, están ahí, y los escucho, una y otra vez, sin cansarme? ¿Qué hace que yo desee ser el autor y el intérprete de esas canciones, que me esfuerce por sacar los acordes, por emular al disco con mi pobre guitarra española y mi voz desahuciada para el canto? ¿Por qué, cuando tengo que elegir, durante una temporada siempre elijo el mismo CD, entre los muchos que esperan en la estantería, o aún más, directamente no se mueve de la cadena y la caja acaba arrastrada por los cables de los auriculares y rota? ¿Qué señala a esos discos?

Se pueden emplear largos razonamientos bien fundamentados sobre el valor de cualquiera de ellos, pero, en el fondo, son razones húmedas: razones con la humedad viscosa de la sangre, las que nacen de esa víscera desde donde antiguo se cree que habitan los sentimientos de amor. Igual que cautiva una mujer, cautiva un disco, un conjunto de canciones, y parece que no hay otro, que los defectos no son trascedentes...

Pero los defectos se ven, sólo que no importan: las razones húmedas se ríen de los criterios fríamente almacenados en la cabeza. La belleza no admite números ni es exacta.

Así me ha pasado con las canciones de Quique González. Un día cogí su primer CD en la biblioteca. Creo que fue una recomendación escuchada al azar en el "Ambigú" de Diego Antonio Manrique, como tantas otras de tantos otros. Simplemente, estaba allí, en la estantería y no encontré nada más atractivo ese día. Cuando lo escuché, al principio, me pareció vulgar: música bien facturada pero sin nada particular, sin una clara marca de autor que la separase del rock indiferenciado que se ha hecho toda la vida desde que Tchaikosky dijo "Let there be rock". Sólo canciones agradables.

Y sin embargo...

Finalizado el plazo lo devolví, habiendo hecho antes una copia para un amigo al que sabía que le iba a gustar. No me equivoqué.

Meses más tarde...

Pero meses más tarde lo echaba de menos y me volvió a apetecer escucharlo. Tuve problemas: no me acordaba del nombre del cantante, es demasiado común y mi memoria demasiado débil. Al final, un buen día volví a encontrarlo en su lugar en la biblioteca. A partir de ahí, meses de ser el elegido, meses de descubrimiento: primero prefería escuchar ciertas canciones, luego otras. En general, podía escuchar todo el disco, casi sin darme cuenta, mecido por esos ritmos que nunca son demasiado lentos ni demasiado veloces, que no rompen la isoritmia que siempre me ha gustado.

Un día en una radio fórmula ponen una canción del segundo disco: "La ciudad del viento". Más de lo mismo... Más de lo mismo en el tipo de la canción y más de lo mismo en mi valoración inicial: nada nuevo, no parece especialmente interesante, con el primer disco tengo bastante.

En otra radio fórmula anunciaron un concierto en el Café Albéniz de Gijón. Allí me planté, con ilusión y curiosidad por ver cómo se plasmaban en directo esas canciones cuya compañía había gozado, siempre iguales (cosas del CD que no degenera como los viejos vinilos), pero siempre distintas porque en cada escucha yo la he escuchado una vez más y la vez 101 no es igual a la vez 100... ¿Perderían en directo, como últimamente me parece que pierde todo, acostumbrado a la limpieza en las ejecuciones y las producciones de las grabaciones?

Fue una sorpresa. Sólo una de las canciones que me habían acompañado en esos meses, "Y los conserjes de noche", sonó en aquel concierto, como un extra en los bises, y, por cierto, sonó tan bien como en el disco, a pesar de que el concierto era simplemente dos intérpretes: Quique y Carlos Raya. A este último no lo conocía, pero me pareció un guitarrista muy competente, con muy buen gusto. Más tarde supe que había estado en el mítico grupo Sangre Azul, que de joven nunca me gustó: yo era más heavy.

Sólo esa canción compañera, pero dio igual: el resto de canciones sonaron a gloria. El directo era tan bueno como el mejor producido de los discos; las guitarras y la voz sonaban emocionantes, cercanas, claras. También como Quique: antes del concierto lo vi hablando con el técnico de sonido y, aunque por un momento pensé que podía ser él (sólo lo conocía por las fotos de su primer disco), descarté la idea porque parecía de Gijón de toda la vida por sus pintas, unos pantalones, unos playeros (zapatillas de deporte para los que no sean del lugar) y una camiseta de algodón sin alardes. Allá arriba Quique González cantaba las canciones, creyéndoselas como me creo yo las que canto cuando lo hago para mí en mi habitación. Era lo contrario a un show: sólo las guitarras, la voz y la armónica. Allí estaban, Quique y Carlos en sus sillas, viviéndolo. Alguna mirada que cruzaron mostró todo lo que estaban disfrutando. Como si no hubiera un contrato por medio.

Al fin de semana siguiente fui a comprar el CD. Recorrí varias tiendas de Gijón y en todas me dijeron que se había agotado. No éramos muchos en aquel concierto, pero creo que todos caímos en el hechizo. De lo cual me alegré.

Ahora, un fin de semana y pico después, "Salitre 48" ya me ha acompañado durante tres días. Y sé que lo va a hacer durante una larga temporada. A pesar de los defectos, de pequeños detalles de producción (esa voz demasiado baja en "Señor agente", ese fade out demasiado brusco en "Rompeolas"), del parecido de todas las canciones entre sí, de la casi nula originalidad formal, de la preponderancia de los medios tiempos y de la tristeza. Porque por encima de todo está la belleza.

Hay una dulzura que reconforta, que reconcilia con la vida. ¿Este hombre es de 1973, como yo? Parece imposible. Las historias de carretera (¿recuerdos del "On the road" de Kerouac?) y camareras están muy lejos de mí, animal sedentario por convicción. Con todo, lo siento muy cercano. Desearía haber escrito yo esas canciones. Para acompañarme.

Entonces, escuchando, de repente me embarga el deseo de saber tocar esas canciones, de emular la interpretación; parece fácil: es casi sólo una guitarra y una voz. Pero no son mis dedos ni mis cuerdas vocales... He leído por ahí que Quique González está convencido de que es músico y de que tiene que dedicarse a eso. Y no me extraña: ha nacido para ello. Igual que yo he nacido para otra cosa.

Nacido en Madrid, él, aunque cuando escucho este disco me parezca que tiene que pertenecer a alguien que ha nacido en una ciudad de la costa, y no de una costa cualquiera, de una costa del norte, y el mar tiene que ser el Atlántico: un mar con bruma y días grises, nada de luz del Mediterráneo. Sé que "Salitre" es el nombre de una calle donde vivió, pero parece que es olor más potente que recuerda de la infancia. El olor de un mar lejano, como en el poema, Y, al fondo, el eco del mar, su perdurable presencia momentánea, horas y olas, sílabas y símbolos, todo lo que nos queda; todo y nada: juegos para aplazar la muerte, como aquí el mío: desde la ventana de la habitación donde siempre he vivido se ve; voy muy poco a estar a su lado, sin embargo, pero necesito saber que está ahí, al fondo.

Pero volviendo al principio de este texto, ¿qué conexiones hay entre los elegidos, esos discos que durante meses encabezan la lista no intencionada de éxitos de mi cadena? Van Morrison y "The healing game" tuvo su tiempo no hace mucho. Luego fue "Personal", el primer disco de Quique González. Y pasó, velozmente, el "Tigerlily" de Natalie Merchant. De repente me encuentro escuchando el "Carnaval" de Quique González y me parece una referencia al disco de la artista americana, que ya había cogido otras veces de la biblioteca, pero hasta esta última no había apreciado las maravillosas guitarras en "The Wonder" y "Carnival"; especialmente fueron un descubrimiento estas últimas, tan sutiles, envueltas en una hermosa combinación de batería y percusión, que fue justo el detalle que me hizo recordar esta canción al escuchar la de Quique. Deben de ser imaginaciones mías, pero si él no conoce la obra de Natalie estoy por apostar que si la conociera le gustaría.

Las conexiones a veces llegan más lejos. Escuchando el "Carnival" de Natalie me llegaron ecos de Jimmy Hendrix. Y aquí, en "Jukebox", hay un claro homenaje al "Hey, Joe". Tal vez sea sólo que yo conozco poco y por eso todo me recuerda a lo que conozco.

O a lo que quiero recordar. Porque en materia de belleza, mejor recordar a los elegidos. Con la memoria húmeda del corazón.

Por Guillermo Hoardings | Enlace permanente
Rock | Comentarios (9) | Referencias (1)

Comentarios

Lihn ~ 19-01-2005 23:03:23 #

Increible texto...de verdad emocionante. Como esos discos se nos aparecen y como, de esos, a veces insignificantes detalles para algunos, la vida, la vision de las cosas nos cambia y nos hace, de cierta forma, otros.

Pequeños regalos que nos depara la "casualidad".

Saludos, primera vez que dejo un comentario aca. Seguiremos entrando.

Roberto.

Guillermo Hoardings ~ 19-01-2005 23:03:50 #

Me alegro de que te haya gustado. Sí, la casualidad a veces es buena amiga :-)

Cloud ~ 19-01-2005 23:04:56 #

Texto emocionante...me he sentido tremendamente identificado. Por culpa de su texto de Van Morrison ayer me compré "Moondance" y suena exquisito...ahora mismo, "Crazy Love", preciosa.
Por cierto, yo siempre escuché a Hendrix como en segundo plano, sin pararme a "mirarle". Cuando escuché "Hey Joe" me conquistó para siempre.

PD: Dígame que le gustan los Beatles...dígame que algún día escribirá su historia con ellos xD

Guillermo Hoardings ~ 19-01-2005 23:05:19 #

"Moondance" es un clásico, disfrútalo :-)

Sobre los Beatles, la verdad es que no soy muy fanático de ellos, lo que es raro porque hay mucha gente que me gusta (por ejemplo, Caetano Veloso) que los adora.

Chechu ~ 06-02-2005 14:58:46 #

Me he quedado sorprendido con lo que acabo de leer. Muchas gracias por escribir algo así.
Me siento identificado con el texto.

Un saludo!

Guillermo Hoardings ~ 06-02-2005 23:56:00 #

Chechu, ya sabía yo que había más gente rara por el mundo ;-)

Pi ~ 10-02-2005 20:17:44 #

Otra maravilla que nos ofreces
Guillermo, alguna vez escribí ese texto en mi cabeza, me pasó lo mismo con Quique, si no de la misma forma que a ti, fue de una forma muy muy parecida, cada verso cada acorde entra en mi cabeza y no se va. Encuentras canciones que hasta ayer no eran nada y hoy lo son todo y tus transcripciones hacen que pueda sentirlas "casi" como el propio autor(siempre con su permiso).Sólo hay una cosa que me ansío, y es el deseo de que esa "casualidad" que nos brinda el destino nunca deje de suceder.
un abrazo y palante monstruo.:-)

PD:escucha los Beatles...

Guillermo Hoardings ~ 10-02-2005 22:47:18 #

Me alegro de haber colgado en la red ese texto que tenías en tu cabeza, Pi :-)

Algún día escucharé con más atención a los Beatles, lo prometo.

annel ~ 05-06-2006 20:27:38 #

tengo q decirte q como m ha emocionado leerte.. ya m encanto tu cornica del concierto del vienres.. y ho yq tenia tiempo vine a leer la anterior... q m kede cn ganas el otro dia... y tengo q decirte q m has emocionado jeje.. yo tb pienso cm tu con el disco de salitre.. verdad q parece q esté hablanod de aki... (yo tb soy asturiana, de aviles y es cm si fuese ésto) aunq m imagino q nos pasara a muxos.. q parece algo muy nuestro!!! m ha encantando no dejes de escribir.. y contar las cosas como las cuentas... cn tanta pasion y sencillez...gracias

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Ajuste de cuentas | 2006-04-17 23:26:27
[...] la primera vez que los vi a ellos dos solos. Tocando como si no hubiese dinero, ni fama, ni nada por medio: sólo por el placer de tocar juntos. Carlos cantando las canciones para él, con una sonrisa en la boca. La guitarra slide de Carlos [...]

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