Hoy me despertó de la siesta, ese cuarto de hora vespertino que descansa más que tres horas nocturnas, el sonido de una flauta dulce que llegaba desde el piso de arriba, sin duda desde los labios de la hija de diez años de mis vecinos. No me costó reconocer la melodía, un «Jingle Bells» que probablemente esté preparando para la función del colegio en navidades.
¡Qué recuerdos me trajo! Como ella, yo pasé mis horas ensayando esa melodía, equivocándome en una nota y volviendo a empezar. Una y otra vez. Fueron mis primeros intentos de hacer música, mucho tiempo después de que me hubiera vuelto adicto a recibirla.
Aquellos esfuerzos no tuvieron gran recompensa. Mis padres me apuntaron a una academia donde sólo aprendí algunos rudimentos de solfeo, con sus dictados y sus exámenes de teoría en los que había que definir conceptos abstractos como «compás binario de subdivisión ternaria». Pronto comprendí que no tenía facilidad para la música. Por mucho que me gustase. Con el teclado Casiotone que una vez me regalaron los Reyes tampoco llegué mucho más lejos, aunque creo que fue el instrumento sobre el que intenté sacar de oído mi primera canción: una de Mocedades, aunque no logro recordar cuál. No es casualidad: mi falta de memoria es parte de mi falta de pericia instrumental.
Abandoné la academia, donde nunca lo pasé bien, y relegué las ansias de hacer música al reducto de los sueños. Pasaron los años y de Mocedades pasé a Barón Rojo, con etapas intermedias, para fortuna de mi integridad física y mental. A los 17 ya no soñaba con tocar el teclado sino la guitarra. Un amigo, que estudiaba clásica, me permitió tocar con mis manos por primera vez unas cuerdas y comprobar, cuando él las pulsaba, la belleza que podían producir. Entonces me hice una promesa: si aprobaba selectividad, me compraba un bajo con los ahorros de las pagas semanales. Un bajo, sí, porque parecía más fácil de tocar y porque así podría acompañar a mi colega con su guitarra.
Aprobé selectividad y cumplí mi auto-promesa. Mi colega me enseñó algunas canciones, de Burning, de Rosendo, de AC/DC... En septiembre empecé la universidad y conocí a un compañero de clase que necesitaba desesperadamente un bajista para su grupo. La primera vez que me lo dijo, a pesar de lo atractivo que sonaba hacer canciones de Judas Priest, de Deep Purple, de Van Halen, qué leches, de lo atractivo que sonaba estar en un grupo, le contesté que no. Pero él, que tocaba el teclado, estaba tan desesperado que me insistió y me invitó a uno de los ensayos. Salí medio sordo pero me comprometí a intentarlo.
En diciembre de ese año, menos de tres meses después de aquel encuentro, dimos nuestro primer concierto. Por fortuna, el bajo no se oía. Aprendí muchísimo con aquella gente, en lo que se ha convertido en una constante a lo largo de mi vida: tocar con músicos mejores que yo que me enseñan lo que no está en los libros. Lo único que les puedo ofrecer a cambio es algo que, por desgracia, no es frecuente en el mundo de la música, al menos en el rock: seriedad y compromiso. Si hay que aprenderse una canción, me la aprendo y no hago perder tiempo en los ensayos por culpa de que no me la sé. Si hay que ir a ensayar a una hora, aparezco a la hora. Menos es nada.
En el verano del curso siguiente a haber comprado el bajo, le pedí prestada a mi prima la guitarra que ella había utilizado en el colegio, una española de las más baratas que había. Mi colega me enseñó los primeros acordes: sol, re, la menor y do, para tocar «Pardao» de Los Suaves. Me llevó meses conseguirlo.
Así fui compaginando el bajo con la guitarra, pero con preferencia para esta última por una razón muy simple: en realidad mi sueño no es tocar sino cantar. No hay instrumento con la belleza de una voz humana. Y las palabras, esas «perras negras» para Horacio en «Rayuela», han sido mi otro gran refugio desde mi más tierna (y tópica, como demuestra la flauta del piso de arriba) infancia. Así que he pasado horas y horas sacando canciones con la guitarra para luego poder cantarlas, desafinando pero disfrutando cada verso que salía por mi boca, haciendo las letras más mías aún que cuando las escucho cada noche a oscuras.
Con la guitarra intenté componer, hasta llegar a la conclusión (obvia a toro pasado) de que la capacidad de síntesis necesaria para hacer una canción, por no hablar del ritmo y la inventiva, no estaba a mi alcance. También durante dos años fui a clases de canto, mucho antes de Operación Triunfo, por ver si podía obrarse el pequeño milagro de cantar al menos tan mal como Yosi o Bob Dylan, pero lo dejé cuando me escuché en una cinta y comprobé que en hay fealdades que resultan bellas y fealdades sin más.
A pesar de todo, sigo tocando y destrozándome la garganta muy a menudo. Hago música para nadie en mi salón. O no: Hago música para mí y cuando estoy en ello, estoy en el País de Nunca Jamás.
Por eso, aunque esté tan lejos de los sueños y tan cerca del burro flautista, tú, Música, siempre me has sido fiel.
Por Guillermo Hoardings | Enlace permanente
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Sergio ~ 30-11-2005 14:56:06 #
Jo guillermo! es que me encanta leerte, en serio. mis primeros desastres fueron con una flauta dulce de las peores del mercado, canciones tan simples y a la vez tan feas que a mi nunca me parecieron canciones. mis padres no escuchaban música (solo en los viajes en coche y cuando no coincidían con jornada de liga, entonces solo sonaba el carrusel)pero a mi hermana y a mi siempre nos gustó muxo (eso para que luego digan que los niños hacen lo que ven en casa). mi instrumento favorito siempre fue el saxo (dicen que su sonido es el que más se parece al timbre de la voz masculina) fui a clases d guitarra como mal menor (la otra opción era mecanografía) y confirmé lo que ya sabía: una zurda reconvertida parcialmente con manos pequeñas y dedos cortos no puede ser buena guitarrista, ni siquiera mala, se tiene que conformar con ser pésima!! Pero la música siempre está en mi vida, igual que las palabras... Estoy por fin terminando nubosidad variable (poco tiempo para leer esta temporada, por lo menos para leer lo que quiero leer) gracias por descubrirmelo!
daniSax ~ 01-12-2005 18:55:16 #
"Hago música para nadie en mi salón"
identificacion total
"tú, Música, siempre me has sido fiel"
identificacion mas que total
SEGUIMOS EN LA LUCHA...
"si encontre el camino que me yebe a tus sentidos,tengo que agradecer una guarida en tus oidos"
Guillermo Hoardings ~ 03-12-2005 14:53:21 #
Veo que hay muchos enfermos de lo mismo que yo... ;-)
Vega, que conste que yo también fui a clases de mecanografía. Como se suele decir, lo cortés no quita lo caliente ;-)
Más o menos por esa época los Reyes me trajeron una guitarra. Desgraciadamente un par de clases me hicieron darme cuenta que lo mío no era éste instrumento, precisamente porque hay que cantar. Y mis gorgoritos son sencillamente insoportables. Tanto es así, que desde que yo también me oí en cinta, prefiero hacer playback que emitir sonidos. Y es que me dura todavía la impresión.
Te he hecho caso y un bloguero que es un cielo me está montando una casita. Lo que son las cosas, ahora me he quedado sin ganas de escribir. Me he tomado la libertad de linkearte.
La próxima vez te firmo con mi nick: sirenita-2
Guillermo Hoardings ~ 09-12-2005 19:21:40 #