¡Gracias, flaco!
~ Jueves, 12 de enero de 2006 ~
Texto empezado el 16 de septiembre de 2000 y nunca acabado
Creo que ya va siendo hora de que alguien agradezca a
Alejo Estivel el mucho bien que ha realizado por la música de este país, y aunque yo no sea digno, voy a agradecérselo bajo este epígrafe sacado de una exclamación que se escucha en el disco
Euforia de
Fito Páez, en el que Alejo no tiene ninguna participación, pero su origen argentino me parece suficiente justificación.
Nació en Argentina pero hace ya más de 20 años que se vino a España, un emigrante en tiempos de muchos emigrantes en aquel país: eran los años de
Videla. Una vez oí a
Sergio Makaroff describir cómo cuando él también se vino a España se encontró a sus amigos, los componentes de
Tequila, triunfando, haciendo rock en plazas de toros y fumando porros con total libertad. Así empezó, muy joven, Alejo, con rock desenfadado, estonionano, clásico, canciones sencillas pero bien interpretadas que con los años no han perdido su frescura. Desde aquellos tiempos hasta ahora habría mucho que agradecerle, pero me centraré en una sola de sus obras, aunque antes tengo que decir algo de otras producciones de estos últimos años que merecen destacarse porque son más que notables.
En primer lugar, la de
La Oreja de Van Gogh. Este grupo tiene, sin duda, una muy buena cantante y facilidad para hacer estribillos cantables a pesar de sus abominables letras, pero su éxito no hubiese sido multitudinario de no haberse interpuesto Alejo Estivel en su camino. Gracias a su trabajo, el disco suena perfecto, una producción de esas que se van a poder escuchar dentro de muchos años y no van a sonar chocantes. Consigue que canciones sencillas estén perfectamente vestidas, introduce muchos instrumentos, colocando cada uno a su nivel adecuado, multiplica las guitarras, y logra una base sólida, sin imperfecciones, para que las canciones sean de consumo masivo.
Otro grupo que le debe mucho a nuestro protagonista es
M-Clan, que pasaron de ser un grupo con cierta fama a tener prácticamente una canción del verano. De nuevo, la producción es impoluta, las guitarras suenan como si
George Drakoulias, productor de un disco de título preconizador,
The Southern Harmony and Musical Companion (
El acompañamiento musical y la armonía sureños), de los
Black Crowes, hubiese manejado los
faders, escogido las tomas y puesto los micrófonos ante los amplificadores. A mí sigue sin acabar de convencerme M-Clan, a pesar de que siempre he sentido simpatía por ellos, incluso antes de haber escuchado su música, cuando sólo habían llegado a mis oídos rumores de las grandes versiones de
Led Zeppelin que hacían, pero es evidente que el gran público por fin les ha prestado atención.
Para terminar con los posibles motivos de agradecimientos a Alejo, uno que surgió después de que me hubiese decidido a escribir estas líneas y que tiene algo de mágico. Un día, siguiendo mi costumbre de hacer zapping en la radio en busca de canciones que merezcan ser escuchadas, me topé con una en la que la voz extraña de una mujer interpretaba una melodía acompañada de una letra que me emocionó por nombrar lo que casi nunca aparece, y menos de esa forma tan íntima y verdadera, en las canciones pop: los hijos. La llamada de un amigo interrumpió mi gozo y me impidió conocer a través de las palabras del locutor tras la canción quién era aquella mujer que cantaba o el grupo que interpretaba, pero dándole yo pistas mi amigo me sacó de dudas: era el disco de
Carlos Núñez. Con el tiempo me fui enterando de otras cosas, por ejemplo de que esa mujer de voz deliciosamente dulce era portuguesa, lo que explica el matiz extraño que me intrigó cuando la escuché por primera vez y no pude identificar qué era exactamente lo que me extrañaba. Pero el detalle que viene a cuento aquí es que el productor del disco es Alejo Estivel. Suya es la culpa de que aquella música me pareciera tan hermosa como la melodía y de que, a pesar de intuir ciertos aromas «étnicos» (por usar la terminología en uso), no identificase la flauta de Carlos Nuñez. Bendita culpa.
Pero el disco que le quiero agradecer especialmente a Alejo Estivel es el último de
Joaquín Sabina,
19 días y 500 noches (el último hasta este momento, esperemos que saque más). En él ha recuperado al mejor Sabina y ha arropado las canciones con los ropajes más adecuados, por eso quiero detenerme en todas.
Recuerdo perfectamente el primer contacto que tuve con el disco. Eran las 8 de la mañana y al acercarme a la barra en la que todos los días una amiga pedía un café, escuché una canción que parecía una rumba. Intenté adivinar de quién sería. Al principio, por la voz, rota y con acento del sur, me pareció que el que cantaba era
Roberto Iniesta, el líder de
Extremoduro, pero al ir escuchando más acabé descubriendo al verdadero vocalista: Joaquín Sabina. Mi amiga comentó que había caído muy bajo, sobre todo por ese acento andaluz que en aquel momento nos pareció a los dos muy marcado, aunque hoy, después de haber escuchado la canción incluso más veces de las que serían recomendables y hubiésemos elegido, no nos parece para tanto. Es más, ahora pienso que la voz de Sabina nunca ha estado tan bien como en este disco, aunque suene a muerto... o tal vez exactamente por esa razón.
Antes de comentar una a una las canciones quiero recordar otro momento decisivo en mi acercamiento al disco. Varios meses después del primer encuentro narrado en el párrafo anterior, mientras esperaba a la misma amiga, esta vez en otra cafetería, tuve la suerte de entretener la espera con el disco, que sonaba a través del equipo de música del local. Estaba bajo y tenía que concentrarme para entender la letra, pero los pedazos que oía de vez en cuando me sorprendían como sólo pueden hacer los versos rotundos de los poetas mejores. Aunque por aquel entonces ya lo había escuchado muchas veces antes, ese día caí en la cuenta de la genialidad de uno de los versos de la canción que da título al disco, ese que dice: «Saqué del espejo mi vivo retrato». ¡Qué imagen (nunca mejor dicho) más original y acertada! Contiene las mejores cualidades de Sabina: su facilidad para, basándose en frases hechas, crear imágenes nuevas que, además de hermosas, son accesibles. No juega él el juego que a mí sí me gusta de ser hermético. Pocos pueden presumir de ser capaces de crear obras accesibles a un público tan amplio sin caer en lo ramplón y las palabras gastadas (las ideas, por supuesto, ya están todas usadas). Aquel día creo que también fue el primero en el que escuché la irónica letra de «A mis cuarenta y diez» y disfruté, en general, de una de las características de este disco: los ritmos claros y sencillos y las armonías bien vertebradas, algo que le había faltado a los últimos discos de Sabina, en los que yo había encontrado algunas canciones malogradas por tener una música a la que el calificativo más exacto que le puedo aplicar es «fea». Que este disco no sea así es debido, a mi entender y en gran parte, a la participación de Alejo Estivel, de ahí esta página.
Quiero hablar de cada canción.
El disco se abre con «Ahora que...». Tras los puntos suspensivos se van engarzando imágenes y más imágenes, rimas y más rimas, en ese estilo que se podría llamar «Inventario», por ser precisamente ese el título de la primera canción del primer disco de Sabina, donde ya lo utilizaba. «Ahora que...» emplea las rimas para describir un momento dulce en una relación: después de pasados los primeros fuegos, antes de que haya llegado el aburrimiento. El amor que se narra es el de alguien que se ha enamorado muchas veces antes. Es un amor de madurez ajada, el que le corresponde a Sabina ahora.
Son muchas las bellas imágenes para describir ese conformarse con una pasión desapasionada pero plena. Yo destacaría esta: «Ahora que tengo un alma que no tenía». Me gusta porque puede interpretarse de dos formas. Por un lado, la nueva alma que gana el narrador de la canción podría ser la de la amada, en esa idea de que los amantes se pertenecen. Pero también se puede hacer una lectura religiosa: el viejo descreído gana un alma, empieza a pensar que puede haber algo más que este más acá.
En lo musical, la canción tiene cierto aire «latino», a lo
Carlos Santana, pero muy bien hecho y evitando lo peor de las miles de imitaciones que le han salido a Santana, incluyéndose a sí mismo. Además, el ritmo y la armonía hacen que transcurran los versos que hablan de esa felicidad tranquila con cierta melancolía. El sonido de las guitarras es cálido, muy cálido.
Musicalmente, «El caso de la rubia platino» parece heredera de las feas producciones de discos pasados. Las guitarras suenan hijas de la revisión de «Mujeres fatal» que hizo en
Esta boca es mía. Parece que aquí Alejo se despistó y permitió que alguien trajese el multiefectos con distorsiones electrónicas que reinó en anteriores producciones. Por fortuna, aquí no hay esos coros amanerados y la crudeza de la voz de Sabina embellece el conjunto lo suficiente para salvarlo del naufragio en la fealdad.
Textualmente (con respecto al texto, quiero decir), «El caso de la rubia platino» es tal vez la mayor colección de tópicos que Sabina haya pergiñado. Es una canción sin verdad. La historia que cuenta podría haber sido escrita por un guionista del Hollywood actual, uno de esos que parece que escribe viendo otras películas y que nunca sale a la calle. Es el guión de una película de cine negro de serie B. Pero como a veces -muy infrecuentemente- ocurre con los malos guiones en el cine, hay algo que los salva. Puede ser la mirada de la cámara, que puede transformar la historia de siempre en una historia universal o, al enfocarla, darle un sentido más profundo. O puede ser el trabajo de los actores, que aportan carne a personajes de humo, endebles. Y así es en este caso.
En primer lugar, la anécdota se convierte en la excusa para que Sabina cante al fracaso, uno de sus temas preferidos, y pueda encarnar otra vez a su personaje fetiche: el fracasado. En el género negro el protagonista es siempre un antihéroe, como en la mayor parte de las canciones de Sabina. El detective privado al que le toca el caso de la rubia platino es el mismo detective que hemos visto interpretar a miles de actores: ¿qué hay más tópico que un detective que perteneció antes a la policia y al que echaron por algún asunto turbio? La canción lo dice explícitamente:
Yo era un huelebraguetas sin licencia
quemado en la secreta por tenencia y líos de faldas.
Con ese currículum sólo podía pasarse al otro lado, es decir, a servir al crimen:
Estaba, como buen ex-policía,
a sueldo de un pez gordo que sabía cubrirse las espaldas
Pero lo que convierte en héroe -es decir, en personaje amable para el lector/oyente- al antihéroe es que al final se revela contra su destino, aun sabiendo que también va a fracasar, pero se revela contra anteriores fracasos y se inviste de dignidad. Así que el detective disfruta de unos breves momentos de gloria sin futuro y se cepilla a la rubia platino. Aquí la cámara cuenta la historia más vieja del mundo (hombre, mujer, pasión) con la belleza de una fotografía preciosista que se fija en los detalles:
En un bitró del puerto de Marsella
nos fuimos devorando entre botellas y botellas de Oporto.
Marsella, Oporto, dos ciudades muy distintas que aportan lejanía, exotismo y luz al ambiente negro de la película.
Ella es el otro personaje salvado del tópico por el poeta. Es la mirada del detective la que encumbra a la mujer fatal. Cuatro frases lo hacen:
Ninguna zorra vale es dinero,
pensé mientras dejaba mi sombrero nuevo en el guardarropa.
Cantaba regular pero movía
el culo con un swing que derretía el hielo de las copas.
Cuando salió por fin del reservado,
sentí que las campanas del pasado replicaban a duelo.
Y luego:
- Los que pusieron precio a tu cabeza
-le dije, exagerando su belleza- se habían quedado cortos.
A pesar de su incorrección gramatical, el piropo tiene una eficacia indudable.
La selección de las palabras es lo que hace escuchable a esta canción. Ninguna frase lo muestra mejor que esta:
Para no ser un cadáver en el tranvía,
aparte de tener gramática parda hay que saber que las faldas son una lotería.
Indudablemente, Sabina tiene esa gramática parda.
Hay en «Donde habita el olvido» una nostalgia que distancia a esta historia de la mujer que se encuentra y con la que se comparte una historia de amor y después se va de las otras muchas veces que la ha contado Sabina: desde «Viejo blues de la soledad» hasta «Peor para el Sol», pasando, cómo no, por su mejor encarnación hasta la fecha, «Amores eternos», o la versión de mayor éxito comercial, «Y nos dieron las diez».
«Donde habita el olvido» es mucho más triste, aunque no es en ningún momento amarga. Simplemente, pasa el tiempo:
Pero ya no era ayer sino mañana.
El estribillo describe perfectamente ese estado de asombro resignado que domina la canción:
Y la vida siguió
como siguen las cosas que no tienen mucho sentido.
Los años que tiene ahora Sabina quizás hacen que cobre más sentido su sensación de pena por perder la pasión:
Y esta racha de amor sin apetito.
Los besos que perdí por no saber decir: «Te necesito»
Este es el tono que marca todo el disco: son las canciones escritas en una racha de amor sin apetito.
«Pero qué hermosas eran» es una canción con aires de cabaret, por ejemplo el de la película de
Coppola, aunque también encajaría bien en un barco del Mississippi, con ese personaje que a Sabina le gusta encarnar: el tahúr de bombín y manguitos. Es una canción graciosa que se desliza con suavidad y swing. Su referente más directo entre las canciones de Sabina es «Cuernos, cuernos», pero ésta tiene un aire más melancólico, en sitonía con el resto del disco.
El comienzo marca el tono desenfadado de toda la canción:
Mi primera mujer era una arpía
pero, muchacho, el punto del gazpacho,
¡joder, si lo tenía!
Un claro ejemplo de la la habilidad de Joaquín Sabina para sortear las rimas demasiado comunes son los siguientes versos:
Después de, no se asombren,
registrar a su nombre
mi chalet adosado,
mi visa, mi pasado,
su prisa, su futuro [...]
Otro cualquiera hubiera rimado «prisa» con «risa» o «brisa», como ya han hecho muchos incontables veces. Sin embargo, Sabina se escapa por la tangente costumbrista y cómica con elegancia de equilibrista maestro en su oficio.
Una muestra hilarante del ingenio de este hombre es esta frase que podía haber salido de la máquina de escribir de
Woody Allen:
Y yo que había jurado
morir sin descendencia
como murió mi padre [...]
También en este género del cabaret la producción de Alejo Stivel acierta plenamente. El ritmo es ligero, con el chaston marcando un swing que casi invita a chasquear los dedos; la instrumentación, aunque basada en la guitarra, es compleja e incorpora en su final el clásico sonido de instrumento de viento burlón, casi un recuerdo de aquellos tiempos de «La Mandrágora» o «Cuervo Ingenuo», aunque ahora con instrumentistas profesionales. Estos finales con vientos son también marca de la casa: «Incompatibilidad de caracteres», «La canción de la noches perdidas», «Pastillas para no dormir»... Pero nunca han sonado tan bien como en esta producción.
«De purísima y oro» es una colección de imágenes del Madrid de antes de la Guerra Civil. Es tal vez de las canciones menos acertadas del disco. Uno de sus defectos es que la armonía se parece demasiado a «Dieguitos y Mafaldas», sobre todo en la primera parte. Su 3/4 es mejor que el ritmo cansino de «Una canción para la Magdalena», pero creo que esas dos, junto con «Noches de boda», son las peores composiciones del disco, las únicas prescindibles.
Respecto a «Noches de boda» es la canción amejicanda que de unos años a esta parte no puede faltar en un disco de Sabina... y no es de sus mejores logros. La participación de
Chavela Vargas no salva una canción que suena a escuchada mil veces. Ese es su mayor incoveniente, se parece demasiado a «Jugar por jugar», por ejemplo. No es una forma excesivamente acertada de cerrar un disco, aunque no deja de ser una interpretación y una producción correctas.
Por Guillermo Hoardings | Enlace permanente
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