Un amor imposible: el tango
~ Miércoles, 30 de agosto de 2006 ~
Hace tiempo que le debo una al tango compadrón. Hoy voy a intentar saldar esa cuenta. No va a ser fácil: no es una deuda chica y mis conocimientos son escasos.
Me siento como un japonés hablando de flamenco. Sí, esa es la imagen perfecta: ¿cómo va entender un japonés el flamenco de verdad? Es imposible, totalmente imposible. Puede leer libros y escuchar grabaciones, y cruzar medio mundo para irse a vivir a Linares, y nunca será igual. Eso no evita que pueda sentirse tocado en lo más hondo por algo que nunca será el pellizco que sólo pueden entender los que lo han mamado desde pequeños. Así yo con el tango.
Y es que mi tradición es, como la de la mayor parte de la gente de los que nacimos en el 73, la música anglosajona, el pop y el rock. Incluso la gente de ahora, tras la vuelta de los ritmos latinos y el flamenco adulterado, está más preparada para entender estas músicas que beben de una fuente muy distinta al blues y el jazz. Cuando nosotros nos educamos, eso eran aburridas cosas de viejos, la salsa una pachanga que sólo se bailaba en las discotecas-desguace y el flamenco unos gitanos dando gritos, cuando no lo confundíamos con la copla y nos asqueaba un olor franquista que en aquellos años posteriores a la transición donde pasamos el período crítico de la adolescencia era lo más rancio que podíamos imaginar. El tango, ni siquiera sonaba en los desguaces, puede que tal vez en las residencias de ancianos. Para nosotros ni existía: Argentina sólo era Maradona, las Malvinas y una junta militar que dio paso a Alfonsín. No sabíamos nada más.
Al menos yo, que a lo mejor era más bruto que los demás. Sí, voy a dejar de escribir en plural porque, aunque tiene una indudable eficacia retórica y sirve para ocultar el egotismo, al final lo cierto es que sólo puedo hablar con propiedad de mí. Disculpas si el resto suena egocéntrico, pero lo hago con la esperanza de salir de mí y llegar a otros.
Así que yo no sabía nada de tango y estaba metido en el rock. Hasta que una cinta que me pasó mi primo -y que también me abrió a otro mundo, México- me hizo conocer seis tangos que cambiaron mi gusto para siempre.
Ahora es cuando los que saben de tango de verdad se hacen cruces y empiezan a insultarme, pero para mí el tango empieza por un grupo de Malasaña. Sí, eso está en Madrid. Antonio Batrina y los suyos, Malevaje, me iniciaron en las cayengües quebradas del tango. Ahora que sé un poco más puedo decir que aquello es una anomalía, un japonés haciendo flamenco, y sin embargo para mí aquellas siete cancinoes de su primer EP que me llegaron más de diez años después de haber sido publicadas y en una cassette que era copia de copia, siguen siendo de los tangos más perfectos que he escuchado nunca.
Aunque las interpretaciones sean heterodoxas -¿guitarras eléctricas y ecos del chotis en un tango?- el repertorio es canónico. Lod dos primeros temas habían salido de la mano del que desde entonces y hasta siempre es mi favorito entre los autores de letras para tango: Enrique Santos Discépolo.
Dice Sade que nunca es tan bueno como la primera vez. Tal vez por eso justo el primer tango es para siempre mi favorito: «Confesión». Sólo con piano y la voz de Batrina recitando esa letra cruel del hombre que quiere tanto a una mujer que prefiere su felicidad a pesar de que eso signifique tener que alejarla de él.
Fue a conciencia pura
que perdí tu amor
nada más que por salvarte.
Hoy me odias y yo feliz
me arrincono pa' llorarte
Nadie ha escrito versos tan amargos como Discépolo, aquellos de «Yira, Yira» («Aunque te muerda un dolor / no esperes nunca una ayuda, / ni una mano, ni un favor), aquellos de «Cambalache» («Que el mundo fue y será una porquería / ya lo sé»), aquellos de «Esta noche me emborracho» («Este encuentro me ha hecho tanto mal / que si lo pienso más / termino envenenao»), aquellos de «Uno» («Uno va arrastrándose entre espinas / y en su afán de dar su amor / sufre y se destroza hasta entender / que uno se ha quedao sin corazón»)... Y también aquellos, por una vez no tan amargos, de la segunda canción tema del disco, la que le dio nombre a la banda: «Malevaje».
El tercer tema es otro clásico entre los clásicos: «Mano a mano». Otro que habla de esos hombres tontos que amamos a quien no nos ama:
Rechiflado en mi tristeza, hoy te evoco y veo que has sido
en mi pobre vida paria sólo una buena mujer.
[...]
Y mañana, cuando seas descolado mueble viejo
y no tengas esperanzas en tu pobre corazón,
si precisás una ayuda, si te hace falta un consejo,
acordate de este amigo que ha de jugarse el pellejo
pa'ayudarte en lo que pueda cuando llegue la ocasión.
Sí, es un tema recurrente del tango. Y de la vida.
Pero, por supuesto, no todo el tango es lamento y rechinar de dientes: somos humanos y siempre necesitamos la risa. Por eso el cuarto tema es el cómico «Si soy así» («Si soy así / qué voy a hacer: / nací buen mozo / y embalao para querer») y el siguiente, otro que también ofrece una sonrisa, «Garufa» («Durante la semana, meta laburo. / El sábado en la noche sos un doctor, / te encajas las polainas y el cuello duro / y te caes al centro de rompedor»). ¡Ay, Garufita!
Pronto acaban, sin embargo, las risas y vuelven en cambio los lloros. Primero, con otro gran clásico que una vez leí en una biografía de
José Luis Sampedro que fue el primer tango conocido en España: «Mi noche triste» («La guitarra en el ropero / todavía está colgada [...] / y el espejo está empañado / y parece que ha llorado / por la ausencia de tu amor»). Luego, y por último, una letra de motivo truculento: «A la luz de un candil», en la que Alberto Arenas, gaucho honrado, se presenta ante el comisario y le canta la verdad de a mil: que su china fue malvada y su amigo un sotreta, y él trae en la maleta las trenzas de su china... y el corazón de él.
Un disco magistral el primer EP de Malevaje. La continuación fue otro EP, «Margot», que está editado en CD en conjunto con el anterior. El repertorio también abunda en clásicos y me gusta mucho -en mi grupo anterior, de hecho, hicimos dos temas de ese disco: «Las cuarenta» («Una vez quise ser bueno / y en la cara se me rieron») y «Jamás lo vas a saber»- pero no llegué a aprenderme todos los temas con la guitarra como con el primero. A día de hoy, los sigo tocando.
Yo soy un hombre formal y, tras este inicio tan poco ortodoxo, intenté acercarme al tango más clásico. Por supuesto, todos sabemos cuál es:
Gardel. Saqué algunos CDs de la biblioteca y me gustaron -¿cómo no te van a gustar «Mi Buenos Aires querido», «Volver» o «Adiós muchachos»?- pero no me convencieron: el sonido de las grabaciones era demasiado defectuoso y la forma de cantar de Gardel demasiado engolada, antigua para mi gusto. Sé que es una herejía decir esto, pero así lo siento.
Antes del siguiente descubrimiento mirífico, tengo que reseñar que el disco en directo de Malevaje, «Envido», es otra joya. Pero ese descubrimiento del que quiero hablar vino de la forma más inopinada: una noche en una emisora local, una mujer leía unas historias extrañísimas; hablaban de unos famas, unos cronopios y unas esperanzas. Yo me quedé hipnotizado escuchándola. Cuando acabó, empezaron a sonar las canciones de un disco en el que una voz que no sabía decir si era de hombre o de mujer cantaba maravillosamente acompañada por una guitarra que hacía dibujos imposibles. Aquella noche me sentí como cuando en las películas los extraterrestres secuestran a alguien, con la misma incredulidad y el pasmo de descubrir todo un mundo nuevo. Pero el momento cumbre llegó cuando a aquella voz se unió otra, la de alguien que era indudablemente un anciano, alguien demasiado viejo para cantar, y que sin embargo cantaba y recitaba unos versos que ahora me sé de memoria:
Las tardecitas de Buenos Aires tienen ese qué se yo, ¿viste? Salís de tu casa por Arenales y lo de siempre, en la calle y en vos. Cuando de repente, de atrás de ese árbol, me aparezco yo, mezcla rara de penúltimo ninyera y primer polizonte a Venus. [...]
Y luego, más tarde, dicen: «¡Viva, viva, los locos que inventaron el amor!»...
No sé cómo descubrí quiénes eran. A lo mejor fue casualidad que poco después sacase de la biblioteca un disco de
Adriana Varela titulado «Vuelve el tango». Era aquel que sonaba aquella noche en la radio. Y la voz gangosa y cascada pertenecía al gran, al enorme
Roberto «Polaco» Goyeneche.
Aquí sí que no debería haber quejas: estos sí saben de qué va el tango. El Polaco fue el que estrenó originalmente la «Balada para un loco» que escribieron
Astor Piazzolla y
Horacio Ferrer, que fue presidente de la Academia del Tango, así que algo debe de saber. He leído, sin embargo, que hay gente que, como ocurre en el flamenco, se queda estancada en el pasado y no considera en igual calidad esos tangos, de los años 40 en adelante, que los originales de los años 20, la época dorada de Gardel. A mí, en cambio, la escuela del Polaco me emociona mucho más. Los tangos de
Cadícamo, de
Troilo, de
Contursi, de
Manzi, cuando son interpretados de esa manera rajada me llegan al alma.
Ese disco de Adriana Varela merece una reseña entera, tan o más larga que la de Malevaje que he hecho antes, pero quiero acabar y todavía me quedan por contar algunas cosas, así que tendrá que esperar. Ya he dicho que va a ser difícil saldar la deuda.
(Sólo como un apunte que no le interesará a nadie más que a mí si algún día leo esto dentro de cuarenta años: en realidad ya conocía a Adriana Varela y a Roberto Polaco Goyeneche de antes a través del cine, sólo que no los identificaba. A ella la conocía de la banda sonora de la película «Tango» de
Carlos Saura. No sabía quién era, pero se me había quedado grabado como lo mejor de la película aquella voz cantando «Qué cosas, hermano, que tiene la vida: / yo no la quería cuando me dejó» y aquella expresión que siempre me ha llamado la atención para referirse a lo falso: «Todo es grupo». A Goyeneche le conocía todavía de antes: su versión de «Malevaje» está en la banda sonora de una película iniciática en mi relación con lo argentino, «Tango feroz», que a pesar del título sólo tiene esa relación con el tango. Pero cómo iba a reconocerle si aquella era una grabación de los 50 y con Adriana estaba cantando en los 90.)
Creo que no me arriesgo demasiado si afirmo que hay muchos de mi generación que han conocido el tango a través de
Andrés Calamaro. A la hora de hacer versiones -y Calamaro me parece incluso mejor intérprete que compositor, que ya es decir- se ha fijado varias veces en tangos. Que yo sepa (no domino la parte de su discografía anterior a
Los Rodríguez), los primeros tangos los incluyó en el desigual «El Samón». Eran algunas de sus mejores piezas. Quedé prendado de «Malena», que yo hasta entonces sólo conocía por el libro de
Almudena Grandes, no me gustó demasiado «Barrio de tango» y reconocí una vez más la maestría de Discépolo en la gran versión de «Cafetín de Buenos Aires», con su mezcla milagrosa de sabihondos y suicidas...
En ese camino hacia el tango, Calamaro hizo tres en «El cantante». Curiosamente, y a pesar de estar hechos siguiendo la estela de Roberto Polaco Goyeneche, son las canciones que me gustan de un disco que, por lo demás, considero maravilloso. Por ejemplo, la versión de «Malena» me gusta mucho menos que la de «El salmón», incluso cuando esta tiene hasta una equivocación, que es uno de los pocos errores mágicos que le admito a Calamaro.
Por eso estaba reticente ante su último disco, «Tinta roja», exclusivamente de tangos. Pero si hoy estoy escribiendo esto finalmente es gracias a ese disco. Porque hoy me he quedado enganchado con una de sus canciones, la «Milonga del trovador» que, como la «Balada para un loco», escribieron Ferrer y Piazzolla y que yo ya conocía en la voz de Goyeneche. ¿Cómo no estremecerse con esos versos que dicen...?
Mi casa es donde canto
porque aprendí a escuchar
la voz de Dios que afina
en cualquier lugar,
ecos que hay en las plazas
y en las cocinas,
al borde de una cuna
y atrás del mar.
Si en esta andanza un día
me espera la vejez,
ya mi niñez le hará la segunda voz;
y al fin con dos gargantas,
a mi agonía,
le cantaré en la oreja del corazón.
Cuando leí la lista de canciones no reconocí ese título, pero hoy al escucharlo me ha llegado la voz anciana de Goyeneche. Y aunque sea difícil, Andrés consigue no resultar menos emocionante que aquel viejo al borde de la muerte al entonar esos versos.
Aunque todavía me quedan muchas escuchas, creo que esta vez Andrés sí ha acertado con los tangos. Hoy también me he quedado enganchado con el «Por una cabeza» que parece increíble que sea de Gardel y
Le Pera, y las dos versiones del «Como dos extraños», otro clásico en la voz de Goyeneche (y de Adriana Varela), son muy buenas. Pero lo más sorprendente ocurrió hace unas semanas: llegué a casa y me puse a escuchar «Nostalgias», una de esas letras para cortarse las venas, y acabé dando botes por todas las habitaciones y a punto de romperme la crisma, pero sin querer, porque no podía dejar de saltar alegremente. ¿Cómo se les ocurrió meter ese ritmo, claro deudor de
Steely Dan, a esa canción...? ¡Qué grandes!
Van cinco páginas según el Word. Creo que debo dejarlo, aunque no he contado grandes etapas intermedias en este mi viaje por el tango, como
Los Panchos cantando «Tomo y obligo» y aquella película, «Sus ojos se cerraron», donde precisamente mostraban cómo la gente en los cines pedía que repitiesen cuando Gardel cantaba esa canción; ni he hablado del tango agazapado de
La chicana; ni de aquel CD que me trajo la cantante de mi anterior grupo de unos que había ido a ver,
Marina Cedro y
Ricardo Urrutia, que fue mi referencia para «Nostalgias» y que también contenía unos cuantos poemas de
Benedetti que luego descubrí que estaban casi todos en «El lado oscuro del corazón»...
El tango se va enredando por mi vida de niño criado sin tango. Sé que no puedo quererle como se merece, porque no soy argentino ni estoy a su altura, pero me hace feliz verle de lejos y saber que le va bien.
Por Guillermo Hoardings | Enlace permanente
Latina | Comentarios (6) | Referencias (0)