La conocí una noche, hace ya más de diez años. Hasta aquel momento, para mí los boleros eran esa parte de la música cubana hecha para empalagar, una noñería para mujeres de romanticismo de novela rosa... Y ella lo cambió todo en ese encuentro.
Fue en Trópico Utópico donde conocí a Omara Portuondo. Tenía sólo un acompañante, pero qué acompañante: Chucho Valdés. Ahora es más famoso su padre, Bebo, pero yo lo había visto poco antes en la Semana Negra tocando con su histórico grupo, Irakere, y había quedado cautivado por la fuerza de aquel negro descomunal: era la personificación de la musicalidad, el son, el jazz y la música clásica conjurados en sus dedos como si el piano fuese un instrumento inventado para él.
Aquella noche me quedé a escuchar los boleros porque estaba él. Y así la conocí a ella. Era un tipo de bolero muy especial: filin. Ya lo había escuchado en aquel concierto de la Semana Negra en el piano de Chucho, y me había cautivado, pero creía que porque no lo acompañaba la voz con sus letras melosas que me disparan la diabetes. ¡Qué equivocado estaba...! Cuando empezó a cantar Omara las letras dejaron de tener importancia: la voz llegaba directamente al alma, al hondo cielo, más allá de las palabras.
Por ahí entré al bolero y ahí caí cautivado por Omara. Por eso cuando hace unos años vino a Gijón, no me lo perdí.
Fue una noche de verano, en el Naútico. Llovía. Mucho. Estaba allí, solo, bajo el paraguas, dudando de si saldrían a tocar. Y salieron. Y lo dieron todo. Y no paró de llover. Y las pocas personas que estábamos allí bailamos bajo los paraguas, metiendo nuestros zapatos en los charcos como niños pequeños, disfrutando del regalo de escuchar música sólo reservada a los dioses. Fue otro concierto inolvidable.
Hace unos días iba en bici y vi el cartel: Omara Portuondo con la sección de cuerdas de la Orquesta Sinfónica de Gijon. Supe que perderlo era pecado. No me equivocaba: el miércoles pasado estuve en el cielo.
Me sorprendí cuando empezó: el volumen estaba bajísimo. Pero escuchar los violines, las violas, los chelos y el contrabajo acompañando a una orquesta de esos músicos cubanos espectaculares, que tocan como si fuese lo más fácil del mundo, era una gozada. Más tarde supimos que, curiosamente, el director musical era un brasileño. Tal vez por eso el grupo se presentó con una excelente versión instrumental de «Manha de Carnaval», una de esas melodías que pertenecen al canon de las obras clásicas.
A la segunda canción Omara, a la que se le notan los años de experiencia, hizo participar al público en una versión de «Guantanamera». Pero hubo otros grandes clásicos: el «20 años» de María Teresa Vera que ya bordó en «Buena Vista Social Club», el «Tiene sabor» de Beny Moré, el «Lágrimas negras» del Trío Matamoros, el «Contigo aprendí» que consiguió emocionarme tanto como la versión sólo con guitarra de Caetano Veloso... También tuvo un detalle con la ciudad, haciendo, sólo acompañada por el piano, un sorprendente «Gijón del alma», canción hortera donde las haya que en su voz tomó una profundidad y una clase que nunca ha tenido. Y más compositores clásicos: de César Portillo de la Luz (el de «Contigo en la distancia») hizo una canción dedicada a la Habana y, en los últimos tramos del concierto, recordó a María Grever, compositora de la que dicen que es la canción más interpretada de todos los tiempos, «Bésame mucho». Sí, no hubo composiciones originales, pero hubo belleza a raudales, una belleza efímera e irrepetible.
Yo sonreía en mi butaca mientras miraba a los músicos de la sección de cuerda que, cuando no tocaban, estaban disfrutando del concierto con la misma expresión de placer y sorpresa del resto del público. Ah, la violonchelista bailando... Omara podía ser perfectamente la abuela de aquellos jóvenes y los trató así, con ese cariño que sólo tienen las abuelas.
Yo sonreía en mi butaca y pensaba que su voz es como uno de esos tesoros que los humanos roban a los dioses del Olimpo en las tragedias griegas. A veces susurraba, a veces inundaba, para volver a tenderse con la misma suavidad de las caricias de los amantes. Sí, es una voz tocada por la gracia divina, de la misma estirpe que la de Billie Holliday, Janis Joplin o Carmen Linares. Pocas veces en un vida se tiene la suerte de ser acariciado así.
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Dejo aquí un vídeo del principio de «Buena Vista Social Club» en el que Omara canta «Silencio» con Ibrahim Ferrer. Lo mejor es el final de la canción:
Por Guillermo Hoardings | Enlace permanente
Latina | Comentarios (4) | Referencias (0)
Sergio ~ 07-11-2006 21:48:15 #
increible. me agobia un poco pensar que me estoy perdiendo cosas como estas y no solo en la música... otra vida, por favor??
por fin he podido descargar vuestro "I got rythm" (conexión anémica) y no he sufrido nada, más bien al contrario!
Guillermo Hoardings ~ 14-11-2006 14:53:25 #
Sergio: Son la voz de la experiencia :-)
vega: Yo también me agobio un poco con eso. Habrá que verlo por el lado bueno: siempre hay cosas nuevas que descubrir :-)
JUAN JESUS AGUILAR ~ 17-09-2007 16:33:40 #
Guillermo:
Me parecieron tus comentarios de lo más sensible porque tu alma está llena de música buena y por eso es buena, te felicito por hablar así de una extraordinaria mujer y de su entorno sonero: OMARA.
Por otro lado te quiero corregir, la canción Bésame Mucho es de Consuelo Velázquez. Yo produzco un programa en San Luis Potosí, México, llamado "AÑORANZAS", con la voz de la señora Magdalena, un piano, un violín y un poeta, lo hacemos en "vivo" todos los lunes en el paraninfo de la Universidad de S.L.P, en el que rendimnos homenajes a los compositores de Mexico y el mundo, luego lo transmiten por las dos emisoras universitarias. Ya habrá oportunidad de mandartelo. UN ABRAZO.